Nunca cruzaste los siete mares
Y tampoco eligió su nombre ni donde debíamos encontrarnos. Se aparecía en las Iglesias o en un montón de trocitos de cuerpos diseccionados, dorados, que vendían en las afueras de la ciudad. Hubo un sagrado corazón, una mano que colgué de mis ropas por un tiempo. Ahora está en una caja, guardada bajo llave, sin poder salir. El tiempo y la humedad van pasando por ella en forma de cuencas pequeñas, de hoyos, de poros.
(Aquí también hay escondida una canción).



